complejidad

Entrevista a Lucien Kroll: “Es más importante ser contemporáneo que moderno”

Por Carlos Verdaguer
Valencia (España), julio de 1998 [1].

Adalid de la participación de los usuarios en el diseño y pionero en el uso del ordenador en el estudio, el arquitecto belga Lucien Kroll ha sido uno de los invitados al congreso La arquitectura y las ciudades en el siglo XXI celebrado en Valencia a principios de julio.
Organizado por la UNESCO y la Fundación Valencia III Milenio, el encuentro ha coincidido con la inauguración del recién terminado Palacio de Congresos de Norman Foster. Paralelamente al evento, en el que también han intervenido como ponentes el propio Foster, Dominique Perrault, Ricardo Porro, Itsuko Hasegawa, Carlos Ferrater, Antonio Cruz y Eduardo Mangada, entre otros, se ha organizado una exposición de maquetas originales de los 13 edificios más representativos de la última mitad de siglo.Casi todos los temas recurrentes en el debate arquitectónico actual han encontrado su hueco en el programa y tal vez ha sido precisamente esta voluntad casi ecuménica la que ha bloqueado un debate que, habida cuenta la diversidad de tendencias entre los participantes, se prometía más animado.
En todo caso, no es a Lucien Kroll (Bruselas, 1927) a quien se puede culpar de esta falsa armonía. Convencido del valor enriquecedor de la polémica, comenzó su intervención felicitando a Foster por “este magnífico edificio del siglo XIX“, donde se estaba celebrando la conferencia.

Pregunta. Imagino que es usted consciente de que seguir defendiendo la participación es ir contra corriente.

Respuesta. Sí, es cierto. Sin embargo, yo no voy a contracorriente más que de los arquitectos, son ellos quienes van a contracorriente de todo el mundo… Y no son más que un escaso millón en todo el planeta. ¿Qué importancia tienen más allá de la corporativa?
A este respecto, me parece admirable que se haya decretado en este congreso que existían trece monumentos: se trata de un sufragio universal basado en los metros cuadrados de cuatricromía, supongo. Las verdaderas obras maestras serían tal vez las ciudades espontáneas de Pakistán o de México, que, en sus circunstancias dramáticas, han conseguido crear una armonía extraordinaria a base de capacidad de adaptación. En cualquier caso, yo no sé nada con total seguridad… Lo único que puedo elucidar de la arquitectura llamada moderna es que ya empieza a pudrirse un poco: está a punto de perecer, hay que transformarla urgentemente. Por supuesto, siempre se la puede modificar añadiéndole un poco de cosmética posmoderna o de cualquier otro estilo. Esto es ya mucho mejor que esas grandes máquinas que se utilizan y desechan a la misma velocidad y que nadie ha llegado a amar realmente, ni siquiera los arquitectos que las han diseñado y que no las han habitado nunca. Se la puede cambiar disfrazándola de arquitectura antigua, de falso romano o de falso griego y hay veces que incluso queda muy bonita y conmovedora. Al fin y al cabo, León Krier es un magnífico dibujante… También se puede recurrir a la cosmética Walt Disney, lo cual puede ser ciertamente una enseñanza de gran utilidad en arquitectura.
¿Y Gehry? Sí, posee “virtudes de arquitectura” realmente notables, por mucho que esté poco vinculado, poco imbuido del paisaje geográfico o cultural, poco en connivencia con lo vivido localmente, pero su arquitectura es muy bella.
Sin embargo, yo sigo creyendo que acercándose a las personas, estando con ellas (sin considerarnos diferentes de ellos), entendiéndolas, escuchándolas (no hace falta ni siquiera preguntarles, pues nunca les cuesta hablar), se aprende mucho, a condición de ponerse en “estado receptivo”, pues se trata de entenderles y comprenderles honestamente, y no de oir sólo lo que se quiere oir… Y si se consiguieran captar las formas personales de habitar y se aprendiera a organizarlas respetándolas como si se tratara de una cultura infinitamente preciosa, se encontrarían formas y arquitecturas nuevas y auténticas. Es así como pueden llegar a realizarse proyectos de arquitectura coherentes pero más complejos de lo que el ego del arquitecto oficial desea…
Porque la “gente” no es una masa informe, limitada de por sí, se trata más de un movimiento que de un grupo cerrado. Reacciona de forma viva, al contrario que los esquemas estériles y abstractos que nos vemos obligados a inventar para darnos importancia. Utilizando como elemento de composición esta diversidad, tal vez consigamos que lentamente se cree un verdadero tejido urbano. En caso contrario, sólo podemos aspirar a crear aparcamientos de lujo…
Espontáneamente, la complejidad se convierte en expresión indispensable de la diversidad: la repetición distraída de elementos muertos es algo criminal. Podemos combatirla con todos los instrumentos técnicos, económicos y racionales recientemente desarrollados. Y además, no cuesta nada.
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“Territorio fuera de toda brújula”: Borges, Cortázar y el ciberespacio

 

En este momento cultural pueden realizarse múltiples lecturas desde el paradigma de la complejidad de las obras de Borges y Córtazar, quienes anticiparon desde la literatura un pensamiento complejo que en muchos casos se adelantó a la física teórica y las ciencias sociales. Sus nuevos imaginarios literarios reinventan nociones espacio temporales y crean nuevas formas de entender el territorio, coordenada relevante también para la arquitectura, que ha encontrado en el ciberespacio un nuevo medio de desarrollo. Es esta noción de territorio ligada al ciberespacio la que expone el Dr. Christopher Rollason en la siguiente ponencia, enviada directamente a este blog por su autor:

 

‘Territorio fuera de toda brújula’: Borges, Cortázar y el ciberespacio

Christopher Rollason, Ph.D – Metz, Francia 

Ponencia dictada en el I Congreso de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción
Universidad Carlos III de Madrid, 6 a 9 de mayo de 2008

  

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‘Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo estamos mirándonos’
Julio Cortázar, ‘Botella al mar’ (1980)

Es ya una hipótesis consabida, al menos en determinados medios literarios y cibernéticos, que entre los más distinguidos y elocuentes precursores de Internet y del universo de las redes se encuentran dos preclaros escritores argentinos, a saber Jorge Luís Borges y Julio Cortázar. La propia Telaraña Mundial ha sido calificada por su creador, Tim Berners-Lee, como ‘el universo de información alcanzable por las redes, una plasmación del conocimiento humano’ . Esta dinámica totalizante y universalizante del ciberespacio tiene, según cierta escuela crítica ya implantada, visibles antecedentes literarios. En las ficciones de Borges y en los relatos de Cortázar, como igualmente en la novela cortazariana Rayuela (1963), se han identificado rasgos determinantes de lo que iba a conformarse como el ciberespacio, como el laberinto, la memoria omnívora, la delirante proliferación de significantes, la comunicación cosmopolita, las agrupaciones especialistas y sectarias, y, tal vez sobre todo, la creación de un universo paralelo que entra en competencia con el mundo familiar hasta el punto de erguirse en alternativa y substituto de éste. Se daría, de este modo, en la obra de ambos autores una prefiguración de múltiples facetas del universo de comunidades virtuales evocado por un apóstol del ciberespacio como Manuel Castells , o del mundo allanado (flat world) que pregona el guru de la mundialización Thomas Friedman .

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